Raúl, director general de una empresa respetable, llevaba años ganando dinero. Mucho. Y merecido.
Tiene un gran olfato empresarial y un compromiso enorme con la mejora continua. Por eso me contrató. Ya tenía una gran vida, pero confió en mí y en el programa.
Quedó sorprendido: siendo excelente en muchos ámbitos, descubrió el margen de mejora que todavía existía. Y superó sus propias expectativas, porque lo consiguió.
Salía de la oficina a las 16:00. Pero luego se iba a casa con el portátil. Y hasta las 21:00 estaba respondiendo correos, tomando decisiones. Su cabeza nunca desconectaba. Su cuerpo estaba en casa; su mente, en la empresa.
Lo peor: no dormía bien. Porque se iba a la cama preocupado por problemas que creía que debería haber resuelto durante el día.
Y tenía un hijo. Un hijo al que veía, sí, pero con el que no estaba presente.
Lo que hicimos fue simple y lo cambió todo. En lugar de intentar «hacer más cosas», nos preguntamos lo contrario: ¿qué cosas haces que no importan?
La respuesta fue brutalmente honesta: responder correos después de las 16:00.
¿Por qué lo hacía? Porque creía que debía. Porque creía que era urgente. Porque creía que el mundo se caía si no respondía en 30 minutos. Es otra muestra de su compromiso con la calidad. Pero hay otras maneras.
La verdad es que nada de eso era estrictamente necesario. Ni lo es para la mayoría de las personas.
Así que rediseñamos su jornada. A las 16:00 cierra el portátil. Se va. Punto. Los correos que llegaban entre las 16:00 y las 21:00 los responde al día siguiente a las 09:00.
Y el mundo no se cayó. El negocio no quebró. Los clientes siguieron contentos.